domingo, 13 de septiembre de 2015

EL BILLETE DE CIEN MIL PESOS (PARTE: 2)

Volví a cambiar los envases llenos, por lo vacíos y regresé a casa; al pasar por donde estaban los pubertos jugando soccer, los miré un instante y notaba sus risitas burlonas de complicidad, ellos sabían algo. Algo que sin duda en ese momento descubría, ellos tenían el billete.

Los vagos juveniles, eran muchos, ¿exigirles de vuelta el dinero? ¡Que va! Se cagarían de la risa a mis costillas, además los hijos de puta me doblaban la edad y de estatura también (cabe señalar). En pocas palabras, esa idea era prácticamente suicidio, pero que más da, si no buscaba la muerte en ese momento, de todas maneras en mi casa me iban a matar.

Así, con actitud kamikaze, pero cabizbajo volví a mi hogar, ¡mierda! Me paralizaba el miedo, y la regañiza que me esperaba sería nada en comparación a la putiza que me acomodaría mi padre. Pero mi instinto de supervivencia se hiper desarrolló y apoyado de ciertas destrezas maquiavélicas, inusuales en individuos de mi edad, me salvarían de un modo dramático, ¡incluso artístico me atrevo a afirmar!

Llegué a casa y simplemente dije menos de la tercera parte de la verdad: “la vieja de la tienda no me quiso dar mi cambio”. Mi padre preguntaba por el billete, yo le contesté: “se lo di a esa pinche vieja y no me dio mi cambio”. Cabe señalar que pocas veces mencionaba alguna grosería frente a mis padres, pero mencionar aquél “pinche” denotaba indignación, que ciertamente tenía, pero no con la pobre tendera.

Mi padre montado en cólera decía: “¡hija de su puta madre, como es posible!”. Mi madre lo secundaba furiosa: “¡Pinche vieja encajosa, desgraciada!”

Había echado a andar la maquinaria, no había vuelta atrás, que sensación tan extraña aquella, miedo, incertidumbre, sorpresa, adrenalina, me llevaba de la mano mi madre, impaciente, a paso veloz, nos dirigíamos a la tienda.

Al pasar una vez más frente a los pubertos que jugaban fútbol, me dio mucha pena, mi madre me llevaba de la mano, mi padre delante de nosotros caminaba mas rápido, con la indignación a flor de piel, me sentía avergonzado, pues sabía que esa bola de pendejos tenía el billete, que estúpidamente tiré frente  a ellos; logré distinguir botellas de refresco y cervezas, hasta botana tenían los grandísimos hijos de perra, al pasar me miraron y esta vez con un aire de ironía, otros de plano no aguantaban la risita burlona, ¡idiotas!! Me decía, tal vez una idea como la que estoy poniendo en práctica, nunca se le ocurriría a esta bola de pendejos, (vaya consuelo el mío), aunque el paso del tiempo me dio la razón.         

Llegamos a la tienda y mi madre furiosa, le reclama a la tendera el por qué no me había devuelto mi cambio, obviamente la mujer decía la verdad, pues le contestó a mi madre que no me podía dar cambio pues yo ni si quiera le había pagado, entonces la mujer bajó la mirada buscándome la cara y me dijo: “tú sabes que no has pagado, no te puedo dar cambio de un billete que no me has dado”.

Con una falsa indignación solo le contesté: “yo te di un billete de cien mil pesos”.

Molesta y desesperada, y convencida por mi mala actuación, mi madre solo le dijo  a la tendera: “o me das mi cambio o aquí mismo me cobro a lo chino”.

La pobre mujer lucía confundida, por un lado ella sabía de mi mentira, por otro lado si  no resolvía ese “pequeño”  problema, este mutaría en un “gran desmadre”, ello porque mi padre, impaciente e iracundo le gritaba a la mujer: “bueno, ¿no me das mi cambio? Entonces me llevo esta madre", al tiempo que tomaba la rebanadora de embutidos, ya en su poder simplemente buscaba desconectarla de la corriente eléctrica.

La tendera me vuelve a mirar y con lágrimas en los ojos me implora: “Ya, di la verdad niño, tu sabes que no me diste ningún billete”. ¡Carajo! Afortunadamente mis padres estaban en lo suyo, estuve a punto de dar marcha atrás, lo pensé y de pronto mi instinto de conservación me dictó: “ya has ido demasiado lejos, no hay vuelta atrás, ahora las consecuencias se multiplicaban al doble”.

Logré soportar las súplicas de la tendera, en esos momentos recuerdo que el tiempo para mí se detuvo, miraba a mi madre que no paraba de discutir, mi padre que ya tenía en sus manos la rebanadora, fue algo muy extraño, tal vez era la sorpresa, el miedo, la duda que todo eso junto me paralizó, casi como si estuviese ebrio, pensaba que la tendera llamaría a la policía, estaba claro que mi padre iba a robar, mi mamá a punto de golpear a la mujer, definitivamente son demasiados sucesos que no puede procesar adecuadamente la mente de un niño.

De pronto, ¡la luz al final del túnel! La mujer, entre sollozos y enormes lágrimas, decía: “Está bien, les voy a dar el cambio”. Vaya, sin duda me sorprendí mucho y a la vez sentí mucho pesar por la tendera, evidentemente no era justo, pero como decían y siguen diciendo en el barrio: “Que lloren en su casa a que lloren en la mía…”

Ni modo en esta ocasión tendrán que llorar en la casa de la pobre tendera…   

@Doctor_Dark
13/Sep/2015