Al pasar frente a los vaguillos futboleros, lo hice con aire
de satisfacción, mientras me aconsejaba: “creo que tendré que decirles la verdad; bueno, cuando cumpla 18 años, ¡no! Mejor a
los 20. ¡Tal vez no me crean, ¿y si se encabronan y me madrean?
¡Ni madres, mejor se los digo hasta que tenga 30 años".
Ya en la actualidad, con más de 30 años a cuestas, miro el
rostro de mi hermana y noto sus ojos inusualmente abiertos al igual que su
boca, no lograba entender la sorpresa, al volver en sí, solo dijo: “maldito, lo
que pasó fue culpa tuya, todo el tiempo lo fue”. Si, le conteste, al mismo
tiempo asenté con la cabeza.
¿Sabes? Continuó mi hermana, “solo porque yo en parte también
viví ese problema, de lo contrario no te hubiese creído lo que me acabas de
contar, me cuesta trabajo creer que desde esa edad ya tenías ideas bastante
maquiavélicas”.
El miedo me hizo reaccionar, contesté y en seguida ella
pregunta: ¿ellos lo saben? (refiriéndose a
nuestros padres).
No, contesté. Tú eres la primera en saber toda la verdad.
¡Vaya! (aduce con sorpresa), me cuesta trabajo creer lo que me contaste recién,
pero ¿sabes? Me gustaría estar presente cuando les cuentes toda la verdad a
nuestros padres. Así será concluí.
Luego de quince días la reunión se concretó, mis padres, mi hermana
y yo, al concluir la comida, mi hermana, impaciente como siempre inició. Les
dijo a mis padres, que yo tenía una historia que no iban a creer, para darles
una pista también les menciona que se trataba de cierto día en el que ellos
habían ido a reclamar el cambio que no me habían dado de un billete de cien mil
pesos.
Luego de su inoportuna intervención, mi hermana me cede la
palabra, le contesté que había echado a perder mi relato y que por tal motivo
tenía que continuar ella hasta el final. Retoma la plática mi hermana y les
hace saber a mis padres que el cambio que a ellos les habían dado, nunca
debieron dárselo ya que con anterioridad yo había perdido el billete de cien
mil pesos.
Mi mamá voltea sorprendida, me mira fijamente y me pregunta:
¿es cierto eso? Si, le respondo y sonrío. “¡Pinche cínico!” me contesta y en
seguida pregunta por lo que en realidad paso aquél día.
Mi hermana prosigue con la narración y mientras lo hace mi
padre me mira con enojo y me refiere: “que poca madre tienes”. En otra
oportunidad mi madre con gran sorpresa aduce: “¡no puedo creer que nos hayas
manipulado de esa manera, maldito Maquiavelo!”
Cuando mi hermana concluye el relato, los mira a ambos y tanto
mi papá como mi mamá, tenían la misma cara de sorpresa que días atrás tenía mi
hermana.
Entonces mi madre pregunta a mi hermana: “¿desde cuándo sabías
esto?” Ella responde: “escasos quince días, ¡este secretito tu hijo lo guardó
por más de veinte años!”
Y la pregunta obligada la hizo mi mamá: “¿Cuándo nos pensabas
decir la verdad?”
Enseguida le contesto, de hecho aquél día, cuando regresábamos
a la casa pensaba: “creo que les contaré la verdad, cuando sea mayor de edad, a
los dieciocho años, luego me dije, ¡no! Es muy pronto, tal vez a los veinte
años y pensé, creo que aún podrían matarme, mejor a los treinta años, si, creo
que para entonces no podrán hacerme gran daño”. Y bueno, agrego, la verdad no llegó justamente a mis treinta años, pero lo cierto es que al final, la verdad
salió a la luz y eso es lo que verdaderamente importa.
Obviamente mi mamá al igual que todos en la mesa se preguntaba
cómo había planeado todo aquello que hasta ese momento desconocían, sin duda
les sorprendía, pues a esa edad, los niños no suelen hacer planes tan precisos
y menos arriesgarse y a su vez arriesgar a los suyos a tanto, le comenté que me
motivó el miedo a la tunda que me iban a dar por idiota y que básicamente la
estructuración de mi cuartada fue durante el camino de regreso a casa,
evidentemente después de haber perdido el billete y reclamarle mi cambio a la
tendera.
Enseguida añade mi madre: “qué bueno que no confesaste tu
verdad antes, creo que de todas formas te hubiera pegado”.
Si, algo así me sospechaba le contesté. Pero ¿sabes? Quiero
que sepas que esa experiencia me ayudó, en primer lugar, a ser más cuidadoso,
especialmente con el dinero, pero lo más importante y eso es lo mejor: logre
percibir cuánto me quieren ustedes dos (refiriéndome a mis padres), no
dimensioné los que ustedes son capaces de hacer por mí, eso me hizo valorar más
el amor que me dan, sembraron la idea en mí de tratar de cuidarlos como ustedes
me cuidaron y tratar de no volverlos a exponerlos como lo hice aquél día.
En ocasiones, el pesar, el dolor por imaginar que hubiese
pasado si las cosas no saliesen como salieron, si hubiese llegado la policía,
si mi mentira se hubiese descubierto, me azotaba la culpa, hubo ocasiones en
las que me levantaba en medio de la noche, pues me había espantado la escena
que vi momentos antes, mis padres eran llevados por los policías, los metían a
una patrulla, yo lloraba desesperado mientras la tendera me decía: “¡te lo
mereces niño, por mentiroso, ahora tus padres se van ir a la cárcel!”
Aquello era en verdad un gran tormento, creo que muy pronto
supe saborear esas victorias que contrario a la mayoría de las ocasiones en vez
de dulces, se tornan amargas, muy amargas.
El recuerdo de aquél día, cuando perdí los cien mil pesos, lo
guardé en un rincón muy profundo en mi memoria, eventualmente el recuerdo no se
borró, mejor dicho, yacía sepultado por otros recuerdos más gratos, no
obstante, latía en mí, esa promesa que me hice: “La verdad tiene que emerger,
tal vez no tan pronto como debería, pero algún día tendrá que salir a la luz”.
A poco más de 20 años, la verdad salió a la luz y eso es lo
que importa (mis padres seguían
mirándome con atención), continué; siempre han sido un ejemplo a seguir y desde
aquél día me propuse dirigirme con honestidad, con entereza, pero sobre todo,
resolver mis problemas sin ponerlos a ustedes en riesgo. Sé que hice mal, pero
lo que pasó el día que perdí el billete de cien mil pesos, me ayudó a vivir siempre
con la honestidad como bandera, ante cualquier situación, por grave que esta
sea la verdad ante todo.
Acepto que me equivoqué, es por eso que les pido una disculpa.
Mi monólogo dejó a mis padres sin palabras, me hubiera quedado igual de estar
yo en el lugar de cualquiera de ellos.
Así fue como cerré un capítulo en mi vida abierto por más de
veinte años y en el cual, como debería ser en cualquier ámbito de la vida, la VERDAD derrotó a la mentira.
@Doctor_Dark
18/10/2015