Hace algunos meses platicaba con mi hermana, y hacíamos
remembranza de algunas de nuestras travesuras de la infancia y situaciones
extremadamente embarazosas, chuscas o dramáticas en las que por diversas
situaciones las guardamos en secreto.
Inevitablemente llegamos al apartado de los “secretos
inconfesables”, mi hermana o no tenía mucho que compartir o simplemente
guardaría para sí aquellas anécdotas que solo ella sabe.
Invadido por la alegría que me había transmitido recordar
viejos tiempos e impulsado por un entusiasmo inusitado, le comento a mi hermana
que yo sí tenía un secreto inconfesable, tal, nunca ha salido a la luz, nadie
en absoluto lo sabía, sólo yo, es más, ni si quiera los “otros protagonistas”
sabían la verdadera historia.
Intrigada, e incluso algo molesta por la rimbombante
presentación de una historia inédita y sin precedentes, mi hermana en un tono
autoritario me exigió le desvelara mi secreto.
Nos ubicamos a finales de la década de los 80’s, no recuerdo
la fecha exacta, tenía 8 o 9 años, iba en primaria, era un niño muy estudioso,
me atrevo a decir que de excelencia, pero en fin, ese no es el tema a tratar.
Era sábado y la hora de la comida se acercaba, en consecuencia, mi padre,
tomando las previsiones necesarias me mandó en un tono dulce y cariñoso a
comprar cervezas y refrescos, (lo del tono dulce fue sarcasmo, el cabrón de mi
padre me mandó con su ya acostumbrado tono de ogro mal cogido).
En fin, en aquellos años el “pet” no figuraba como el material
para fabricar botellas y llenarlas de cualquier tipo de líquido y
comercializarlo, en esa época sólo existían estorbosas y pesadas botellas de
vidrio, o como ciertas personas les llamaban, (pendejamente para mi gusto), “cascos”.
Debo resaltar que detestaba que se me mandara a comprar
refresco y/o cerveza, no sólo por lo pesado que me resultaba cargar los
envases, sino que además, mi madre acostumbraba adquirir bolsas tamaño “familiar”
para comprar el recaudo, ¡verduras para todo el puto mes cabía en esas
chingadas bolsas!
Bien, como mencioné, odiaba que se me mandara a comprar
refrescos, pues tenía que usar esas putas bolsas gigantes que compraba mi
madre, con los respectivos tres envases de cerveza o “caguma” y dos botellas
grandes de refresco. Aunado a que para pagar me dieron un billete de 100 mil
pesos, que, cabe destacar que ese era el billete que tenía la mayor
denominación de aquél tiempo, lo cual significaba que había que cuidar el
pinche papelito, como la vida misma.
El panorama no luce tan desalentador hasta en tanto no revele
un “pequeño detalle”, en mi época de primaria, lucía como un duende; era muy
chaparro, por aquellos días ese detalle no se había convertido, aún, en un
complejo que me preocupara, no obstante, recuerdo que pujaba para cargar la
maldita bolsa del “mandado” que lucía llena de botellas de vidrio vacías y que
además, dicha bolsa no la podía levantar, más de 10 centímetros del suelo, (que
postal tan graciosa).
Sin embargo, al recorrer el camino que me llevaría a la
tienda, no me parecía tan gracioso el hecho de ir arrastrando mi carga como
mula anciana, tan es así que profería una serie de insultos a la persona que
eventualmente me metía en ese tipo de apuros, mi padre.
En una de las muchas paradas para descansar de mi gran misión,
llegué a una cancha de fútbol improvisada, por algunos jóvenes del barrio,
jugaban soccer en medio de la calle, esquivando autos y en ocasiones golpeando
algunos parabrisas y las puertas de los vecinos.
Me miraban, lo noté, tal vez se compadecían de mi desgracia o
tal vez al darles la espalda se burlaban, pues sin duda, ver pujar a un duende
de Santa Claus para cargar una bolsa llena de envases les parecía muy
divertido. Hoy en día lo recuerdo y me da risa imaginar cómo me veía en esos
momentos, sudando la gota gorda, lo cierto es que ese tipo de actividades las
padecía sobremanera.
Llegué a la tienda, saqué los envases vacíos de la bolsa, los
cambié por envases llenos, con cerveza y refresco respectivamente y a la hora
de pagar…
… ¡MIERDA, el dinero! ¡Puta madre, había desaparecido! Piensa,
piensa, me decía, ¿Dónde habrá sido? ¡Claro! Cuando paré enfrente de los
idiotas que jugaban fútbol, ¡que pendejo
soy! De inmediato mi instinto de supervivencia generaba una cuartada, no sabía
si funcionaría, pero no iba a morir sin intentarlo.
@Doctor_Dark
06/07/2015

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