domingo, 5 de julio de 2015

EL BILLETE DE CIEN MIL PESOS (PARTE: 1).

Hace algunos meses platicaba con mi hermana, y hacíamos remembranza de algunas de nuestras travesuras de la infancia y situaciones extremadamente embarazosas, chuscas o dramáticas en las que por diversas situaciones las guardamos en secreto.

Inevitablemente llegamos al apartado de los “secretos inconfesables”, mi hermana o no tenía mucho que compartir o simplemente guardaría para sí aquellas anécdotas que solo ella sabe.

Invadido por la alegría que me había transmitido recordar viejos tiempos e impulsado por un entusiasmo inusitado, le comento a mi hermana que yo sí tenía un secreto inconfesable, tal, nunca ha salido a la luz, nadie en absoluto lo sabía, sólo yo, es más, ni si quiera los “otros protagonistas” sabían la verdadera historia.

Intrigada, e incluso algo molesta por la rimbombante presentación de una historia inédita y sin precedentes, mi hermana en un tono autoritario me exigió le desvelara mi secreto.

Nos ubicamos a finales de la década de los 80’s, no recuerdo la fecha exacta, tenía 8 o 9 años, iba en primaria, era un niño muy estudioso, me atrevo a decir que de excelencia, pero en fin, ese no es el tema a tratar. Era sábado y la hora de la comida se acercaba, en consecuencia, mi padre, tomando las previsiones necesarias me mandó en un tono dulce y cariñoso a comprar cervezas y refrescos, (lo del tono dulce fue sarcasmo, el cabrón de mi padre me mandó con su ya acostumbrado tono de ogro mal cogido).

En fin, en aquellos años el “pet” no figuraba como el material para fabricar botellas y llenarlas de cualquier tipo de líquido y comercializarlo, en esa época sólo existían estorbosas y pesadas botellas de vidrio, o como ciertas personas les llamaban, (pendejamente para mi gusto), “cascos”.

Debo resaltar que detestaba que se me mandara a comprar refresco y/o cerveza, no sólo por lo pesado que me resultaba cargar los envases, sino que además, mi madre acostumbraba adquirir bolsas tamaño “familiar” para comprar el recaudo, ¡verduras para todo el puto mes cabía en esas chingadas bolsas!

Bien, como mencioné, odiaba que se me mandara a comprar refrescos, pues tenía que usar esas putas bolsas gigantes que compraba mi madre, con los respectivos tres envases de cerveza o “caguma” y dos botellas grandes de refresco. Aunado a que para pagar me dieron un billete de 100 mil pesos, que, cabe destacar que ese era el billete que tenía la mayor denominación de aquél tiempo, lo cual significaba que había que cuidar el pinche papelito, como la vida misma.

El panorama no luce tan desalentador hasta en tanto no revele un “pequeño detalle”, en mi época de primaria, lucía como un duende; era muy chaparro, por aquellos días ese detalle no se había convertido, aún, en un complejo que me preocupara, no obstante, recuerdo que pujaba para cargar la maldita bolsa del “mandado” que lucía llena de botellas de vidrio vacías y que además, dicha bolsa no la podía levantar, más de 10 centímetros del suelo, (que postal tan graciosa).

Sin embargo, al recorrer el camino que me llevaría a la tienda, no me parecía tan gracioso el hecho de ir arrastrando mi carga como mula anciana, tan es así que profería una serie de insultos a la persona que eventualmente me metía en ese tipo de apuros, mi padre.

En una de las muchas paradas para descansar de mi gran misión, llegué a una cancha de fútbol improvisada, por algunos jóvenes del barrio, jugaban soccer en medio de la calle, esquivando autos y en ocasiones golpeando algunos parabrisas y las puertas de los vecinos.

Me miraban, lo noté, tal vez se compadecían de mi desgracia o tal vez al darles la espalda se burlaban, pues sin duda, ver pujar a un duende de Santa Claus para cargar una bolsa llena de envases les parecía muy divertido. Hoy en día lo recuerdo y me da risa imaginar cómo me veía en esos momentos, sudando la gota gorda, lo cierto es que ese tipo de actividades las padecía sobremanera.

Llegué a la tienda, saqué los envases vacíos de la bolsa, los cambié por envases llenos, con cerveza y refresco respectivamente y a la hora de pagar…

… ¡MIERDA, el dinero! ¡Puta madre, había desaparecido! Piensa, piensa, me decía, ¿Dónde habrá sido? ¡Claro! Cuando paré enfrente de los idiotas que  jugaban fútbol, ¡que pendejo soy! De inmediato mi instinto de supervivencia generaba una cuartada, no sabía si funcionaría, pero no iba a morir sin intentarlo.

La mujer que atendía esperaba que le pagara, sin embargo ya había visto mi reacción de pánico, ella sabía que no llevaba dinero, infructuoso y predecible fue mi intento desesperado al decirle que ya le había pagado, pues incluso hasta la exigí mi cambio, ella contestó: “no niño ¿cómo te voy a dar cambio? ¡Si ni si quiera me has pagado!”. Ahí estaba lo que necesitaba, una verdad; pues, el plan era, envolver con verdades una mentira monumental. ¡Carajo! Hablaba en mi mente, ojalá funcione…


@Doctor_Dark
06/07/2015

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